
En su largo historial de asuntos turbios, Eric había aprendido pronto que siempre era mejor ceñirse en todo lo posible a la verdad.
– Estaba tan nervioso con todo esto del crucero de Santa Claus que salí a dar un paseo por cubierta, hasta que me di cuenta de lo cansado que estaba. Creo que por eso tropecé junto a tu puerta.
Eric bostezó y vio horrorizado que su tío cogía el neceser de Highbridge de la cama y se sentaba en el sillón donde todavía estaba la marca del generoso trasero de Tony.
– Qué neceser más bonito. No te lo había visto antes.
– Hace ya tiempo que lo tengo -contestó Eric, bostezando deliberadamente otra vez.
– No me voy a quedar mucho rato -aseguró el comodoro, en un tono de voz que sugería que no había hecho más que empezar.
A Eric le recordó al pesado que dio el discurso de graduación en su instituto, que se pasó los primeros quince minutos mascullando en el podio: «Bueno, antes de comenzar me gustaría mencionar…».
– No pasa nada, tío, quédate todo lo que quieras -contestó débilmente.
– Lo bueno del insomnio -comenzó su tío- es que te da tiempo para leer. Lo malo es que te deja demasiado tiempo para pensar. Esta noche pensaba en las Navidades de otros años, cuando eras pequeño. -De pronto se echó a reír-. Eras un verdadero trasto. Tu madre casi se muere cuando se dio cuenta de que habías robado el dinero suelto de los abrigos de todos los invitados en su fiesta navideña anual. -El comodoro se rió de nuevo-. Pero eso fue hace mucho tiempo -concluyó, mirando en torno a él-. Me alegro de que estos camarotes de lujo quedaran tan bien. Es estupendo tener un sillón y un par de sillas, por no mencionar la terraza. El armario es enorme, ¿verdad? El sueño de cualquier mujer -comentó poniéndose en pie-. Mañana es el gran día, más vale que intentemos descansar un poco.
– Tío Randolph, quiero darte las gracias por incluirme en este maravilloso proyecto.
