Jack se disculpó por haberlos hecho esperar.

– Es que han llegado a la oficina unos cuantos asuntos de última hora. Pero bueno, podía haber sido peor. Me alegra poder deciros que desde ahora mismo y durante dos semanas Regan Reilly Reilly y yo estamos libres.

Era lo que Alvirah necesitaba. Esperó a que el comodoro sirviera vino a los recién llegados y luego alzó su copa en un brindis.

– Por unas maravillosas vacaciones juntos. Tengo una sorpresa magnífica para vosotros, pero primero tendréis que prometerme que vais a decir que sí.

– Alvirah -se alarmó Luke-, conociéndote no puedo prometer nada parecido sin saber muchos más detalles.

– Ni yo -convino Willy-. Os cuento de qué va la cosa. No tuvimos más remedio que asistir a una subasta benéfica. ¿Os tengo que explicar más? Vosotros mismos habéis tenido que asistir a unas cuantas. En cuanto empezó la subasta después de la cena, supe que íbamos a tener problemas: Alvirah tenía esa expresión tan suya…

– Willy, era por una buena causa -protestó la mujer.

– Todas son buenas causas. Desde que ganamos la lotería hemos estado en la lista de todas las buenas causas conocidas por la humanidad.

– Es cierto -admitió Alvirah riéndose-. Pero esta vez fui porque la subasta la presidía el hijo de la señora Sweeney, Cal. Yo solía ir a limpiar a casa de la señora Sweeney los martes, y Cal es miembro del consejo de administración del hospital local y necesitan ayuda. En fin, el caso es que me dejé llevar un poco, lo confieso, y acabé ganando un crucero por el Caribe para dos. Luego ya no volví a saber nada, y no me había dado cuenta de que era un crucero de Navidad. Hemos tenido un año tan ajetreado que la verdad es que se me había olvidado, hasta esta tarde, que me llegó una carta del director del crucero. Por lo visto ha habido algún descuido, y resulta que el crucero es la semana que viene. El barco sale el veintiséis de diciembre y vuelve el día treinta.



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