– ¿La tenéis ingresada desde hace mucho tiempo?

– Unos… cinco o seis años, ¿no, Gregoria?

– Sí, señorita.

– ¿Problemas?

– No, ninguno, que yo recuerde. Es una enferma muy dócil. Síndrome de Down con las habituales complicaciones respiratorias, y treinta y ocho años, nada más.

– Muy mayor, ¿no?

– Sí, pobrecilla. Miguela Uncidos Gómez. Su madre la tuvo consigo mientras vivió, era viuda de un empleado de la RENFE, tenía una buena pensión y a Migue nunca le faltó de nada, la crió como si fuera una niña normal, era hija única. Nos la trajeron cuando se quedó huérfana. Tiene buen carácter, muy cariñosa… Su única manía consiste en salir a dar un paseo después de cenar. Por lo visto, en el pueblo veía salir a sus primas todas las noches, y le daba mucha rabia no poder hacer lo mismo que ellas, así que su madre la acostumbró a cenar a las seis de la tarde y luego la dejaba estar un ratito en la calle. Nosotros hacemos lo mismo. Cena a la hora en que los demás meriendan y luego sale al jardín. Se la puede dejar sola, tiene la edad mental de una cría de siete u ocho años…

– ¿Y la otra?

– ¿Queti? Esa ya es harina de otro costal. María Enriqueta Martínez de Mandojana, de las mejores familias de Vitoria, una menopausia atroz, cincuenta y siete años, casada, con seis hijos, uno de ellos heroinómano, murió de sobredosis hace quince meses. Fue entonces cuando la ingresaron, ella dice que fue su marido quien lo mató…

– ¿Delirante?

– Sí. Un cuadro clásico.

A mí me van a venir con ésas a estas alturas, a mí, a la hija de mi madre, María Enriqueta Martínez de Mandojana y Velarde, yo misma, que me he criado con media docena de doncellas en un piso grandísimo, en plena calle Dato, que ya no sabíamos ni dónde poner la plata, que nos faltaban muebles para guardarla, de tantísima que teníamos… Y es que mi padre era juez, don Juan, así le llamaba todo el mundo, y yo su ojito derecho, que daba gusto salir con él a la calle, todos nos saludaban, claro, les daba miedo, como tenía tanto mando… ¡Pobre papá!



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