
– Sí, señorita.
– Sí, doctora. Y ésta es la última vez que se lo digo. Si no es capaz de comportarse correctamente con ella de ahora en adelante, me veré obligada a prescindir de sus servicios. Bastantes problemas tenemos ya con las reformas del edificio y la adaptación de los mayores, no me cree más quebraderos de cabeza, se lo pido por favor.
– Sí, señorita.
– Sí, doctora.
– Eso, doctora.
– Muchas gracias. Le quiero presentar al doctor Salgado, mi nuevo ayudante, le estaba enseñando el centro… Fernando, ésta es Gregoria, una de las auxiliares. Se ocupa del oficio y echa una mano en la cocina cuando hace falta. Bueno, la verdad es que hace un poco de todo, como los demás… No es que nos sobre personal, precisamente.
– A ver, los manicomios…
– Esto no es un manicomio, Gregoria. Es un centro de salud mental.
– Claro, señorita. ¿Cómo está usted, doctor?
– Encantado de conocerla.
– Muy bien. Y ahora… ¿me quiere contar lo que ha pasado?
– Es Miguela, señorita, que me tiene muy preocupada últimamente. No sé si será porque la Queti esa se le ha pegado como una lapa y anda todo el día con ella, pero el caso es que la Migue está muy rara. Sólo se mueve de ese rincón para ir al comedor, no quiere salir al jardín ni ayudarme a doblar las camisas, y fíjese cómo le gustaba hacerlo desde que conseguí enseñarla, allí, en el centro de Vicálvaro, que las dejaba todas iguales, perfectas, perfectas… Igual es que le ha sentado mal venirse a la sierra después de todo, pero el caso es que no hace más que mirarse en el espejo, casi desde que llegamos. En cuanto que se levanta, va a sentarse ahí, en el suelo, y se mira en el espejo. Nada más.
– ¿Está deprimida?
– No señorita, qué va… Todo lo contrario, eso es lo más raro, que parece muy contenta, sonríe todo el tiempo y se llama guapa a sí misma, se lo dice bajito, sin parar, guapa, guapa, Migue guapa, yo ya no sé qué hacer con ella, la verdad.
