
– No quiere ir. Tendrás que doblarte las camisas tú sólita, rica, y a ver si dejas de hablarme en ese tono, que yo soy una clienta de pago, ¿te enteras?, de pago, una señora, eso es lo que soy yo, y no pienso consentir que me trates como si fuera una fregona, igual que tú, que tú estás aquí para limpiarme el culo si a mí me da la gana, a ver si te enteras de una vez, que para eso pago yo mi dinero todos los meses, y no como esta pobre desgraciada, que bien se ve que la tienen recogida de caridad y así aprovechas tú para explotarla, que eso es lo que haces, la explotas, la tienes todo el día planchando, pobrecita, porque no tiene juicio.
– Cállate ya, Queti…
– No me callo porque no me da la gana.
– ¡Esto se llama terapia ocupacional! ¿Lo oyes? ¡Ocupacional! Y no te pienso aguantar ni un minuto más en este plan.
– ¡Ay qué miedo! Mira cómo tiemblo…
– ¡Señorita Rosalía!
– Eres una chivata, Gregoria.
– ¡Señorita, venga usted aquí un momentito, por favor!
– Una chivata y una asquerosa.
– Buenos días, Queti, Miguela… ¿Qué ocurre, Gregoria?
– Mire usted, señorita Rosalía, es que…
– Doctora Aguilera.
– Muy bien, señorita doctora, escúcheme un momentito, es que esta loca de la Queti…
– ¡Gregoria!
– Si es que ya no la aguanto más…
– ¿Venga usted conmigo ahora mismo, Gregoria!
– «Has visto, Migue? Se la lleva al rincón, a echarle una bronca, se lo tiene muy bien empleado, la asquerosa esa, por llamarme loca, porque yo pago, ¿comprendes, Miguela?, y por eso a mí no pueden llamarme ni loca ni nada, y a ti, en cambio, sí te pueden decir que eres mongólica, por el dinero, ¿lo entiendes? Nada, que no me hace ni caso, la tonta esta… ¡Deja ya ese espejo, jolín, por muy guapa que te veas, que lo vas a desgastar!
– Mire, Gregoria, se lo he advertido ya un montón de veces. Esa mujer es una enferma, y a los enfermos hay que tratarlos con respeto.
