– Está muerta.

– Oh, querida -exclamó Copper sin saber qué decir, impresionada. ¿Qué podría decirle a una niña que había perdido a su madre?-. Lo siento, Megan. Y… ¿quién te cuida entonces?

– Kim.

– ¿Y dónde está Kim ahora? -inquirió Cooper, pensando que se trataría del ama de llaves.

– Se ha ido.

– ¿Se ha ido? -Repitió Cooper, incrédula-. ¿A dónde?

– No sé -admitió Megan-. Pero papá está enfadado con el tío Brett porque ahora ya no hay nadie que me cuide.

Copper sintió un nudo en la garganta al mirar a aquella niña, tan extrañamente segura de sí misma, sentada con toda tranquilidad a su lado. ¡Pobre criatura! ¿Acaso la habrían dejado completamente sola? Ya se disponía a preguntarle si había alguien que supiera dónde se encontraba, cuando una voz masculina llamó a la pequeña. Y al momento vio a un hombre que se dirigía hacia la casa desde un establo cercano.

Era alto y esbelto y, como todavía se encontraba muy lejos, Copper apenas acertaba a distinguir algo más que su sombrero de granjero, su vieja ropa de trabajo y sus botas altas. A aquella distancia parecía un ranchero cualquiera, pero había algo en él, en la despreocupada tranquilidad de sus movimientos, que hizo que Copper sintiera de repente un nudo en la garganta. Por un instante le recordó tan vívidamente a Mal que perdió el aliento, y fue incapaz de hacer otra cosa que mirarlo con fijeza, paralizada.

«No puede ser Mal», se dijo mientras se esforzaba por tranquilizar su respiración. Se estaba comportando de una manera ridícula. Mal pertenecía al pasado, a aquellas calurosas noches estrelladas de Turquía. La imaginación le estaba jugando una mala pasada. Había estado pensando tanto en él durante los últimos días que ahora creía verlo por todas partes. Lo que pasaba simplemente era que ese hombre tenía aquel mismo aire de tranquila fuerza, de seguridad en sí mismo.

Pero cuando el granjero salió de las sombras que proyectaba la casa, acercándose cada vez más, Copper empezó a levantarse temblorosa, incrédula, con el corazón latiéndole acelerado. No podía ser Mal, pero lo era… ¡lo era! Nadie más tenía aquella boca y aquellos ojos castaños de mirada distante, firme y pensativa, bajo las cejas oscuras bien delineadas…



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