
¿La recordaría Mal tan bien como ella a él? ¿O acaso se habría olvidado? Copper no sabía qué sería peor…
Bajo las alas del sombrero, Mal entrecerró los ojos al mirar a Copper, que no tuvo más remedio que apoyarse en uno de los postes de la veranda; era como si de repente sus piernas se hubieran negado a sostenerla. Llevaba unos elegantes pantalones cortos y una chaqueta de lino, la ropa que había escogido para impresionar al formidable señor Standish. Aquella mañana, en el hotel, le había parecido el atuendo ideal para proyectar una imagen práctica y elegante a la vez, pero después del largo y accidentado viaje que había tenido que hacer, se sentía sudorosa, incómoda, fuera de lugar con aquella ropa. Y su hermosa melena ondulada de color castaño, que habitualmente lucía un corte impecable, presentaba en aquel momento un triste aspecto, sucia de polvo.
Demasiado consciente de su propia apariencia, Copper se alegró de que las gafas de sol le ocultaran los ojos. Tragando saliva, se las arregló para murmurar un débil saludo con una voz que apenas reconocía como suya. Antes de que Mal tuviera oportunidad para replicar algo, Megan ya se había levantado para abrazarlo:
– ¡Papá!
Copper sintió entonces que la cabeza le daba vueltas. «¿Papá?». Innumerables veces se había preguntado qué estaría haciendo Mal, pero ni una sola se lo había imaginado como padre. Pero… ¿por qué no? Ya debía de tener unos treinta y cinco años, una edad más que suficiente para tener esposa e hijos. Y sin embargo, siempre había sido un hombre tan solitario…
Resultaba difícil imaginarse a alguien tan centrado en sí mismo llevando una vida familiar, eso era todo. ¿Podía ser eso razón suficiente para que se sintiera tan impresionada, como si acabara de recibir un golpe en pleno plexo solar? Aquello no tenía nada que ver con cualquier estúpida fantasía que él hubiera podido tener acerca de permanecer leal al recuerdo de aquellos escasos días que habían pasado juntos. Ella no lo había sido, entonces, ¿por qué habría de haberlo sido él?
