Mal había levantado en brazos a la niña antes de que terminara de bajar los escalones, y en ese momento le estaba diciendo:

– Creí haberte dicho que te quedaras en el cercado, donde yo pudiera verte, ¿no?

Su amonestación quedaba suavizada por la ternura con que le acarició la cabeza antes de bajarla al suelo.

Luego se dirigió a Copper, adoptando una expresión indescifrable:

– Al fin -le dijo de manera inesperada-. Te estaba esperando.

Por un instante, Copper tuvo la sensación de que, después de todo lo sucedido entre ellos, Mal se refería a que la había estado esperando durante aquellos largos siete años.

– ¿A mí? -musitó, esforzándose por no mirarlo.

Su rostro era justo como lo recordaba; relajado, tranquilo pero fuerte, de rasgos bien definidos, con unos labios que en reposo casi parecían severos, pero que en cualquier momento podían esbozar una inesperada sonrisa. Copper jamás había olvidado aquella sonrisa.

Pero en aquel momento Mal no estaba sonriendo. Los años habían dejado su huella en las arrugas que rodeaban su boca, y en sus ojos brillaba una mirada de desconfianza. Copper pensó que parecía cansado, y fue en ese mismo instante cuando recordó que la madre de Megan había muerto. No resultaba sorprendente que Mal ofreciera aquel aspecto tan huraño, tan severo.

– Llegas tarde -le estaba diciendo él, aparentemente inconsciente de la turbación que la asaltaba-. Hace por lo menos cuatro días que te espero.

¿Le había dado su padre la fecha exacta de su encuentro con ella cuando le escribió?, se preguntó asombrada Copper, pero antes de que pudiera decir algo, Megan informó a Mal tirándole de la manga de la camisa:



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