Por dignidad cerré un poco más la puerta y pregunté si las cartas eran para mí.

– Por supuesto -dijo-, a mí nadie me escribe, si recibo carta es de provincias, de mi hermana o de la hermana de mi difunto esposo, pero nunca del mismo París.

Sonrió retadora y su doble papada quedó a la altura de mi pecho. También yo intenté una sonrisa comprensiva.

– Las han traído personalmente. Esta -abanicó el sobre blanco-, dos individuos extranjeros, españoles o italianos. Y ésta -hizo una pequeña espiral en el aire con el sobre azul y guiñó un ojo de inteligencia-, un mensajero. Pero huélala. Perfume, ¿verdad?

Permanecí impasible, aparentando un desinterés que no sentía, las manos en los bolsillos de la bata, con la vista perdida en el pasillo desierto y frío.

– ¿Vio usted a los caballeros extranjeros?

– Sí, también hablé con el mensajero, un pobre muchacho recién llegado de Albi, ni siquiera conoce la ciudad.

– ¿Habló usted con los españoles?

– ¿Eran españoles?

– Creo que sí -dije no muy seguro-. ¿Habló con ellos?

– Un poco. Estuvieron llamando a su puerta durante mucho rato, serían las nueve de la mañana, tiene usted el sueño pesado, monsieur Pain.

– ¿Qué le dijeron, madame Grenelle?

– Nada en particular, me preguntaron si usted vivía aquí y yo les dije que sí, claro, pero que seguramente había pasado la noche en otro sitio, quién se iba a figurar que estaba acostado; después me preguntaron si usted solía pasar las noches fuera de casa y yo les dije que eso no era de mi incumbencia, aunque me cuidé de asegurar que usted era una persona poco bohemia, dedicada a los estudios, que casi siempre venía a dormir. Se ve que les costaba entender o que no sabían cómo responderme. El caso es que se quedaron callados, como esperando oír algún ruido proveniente de su habitación, luego uno de ellos escribió una nota, la metió dentro del sobre y me la dio, el sobre está cerrado, véalo. Me dijo que era urgente que usted lo recibiera sin demora, lo repitió varias veces. Qué tipo más pesado. De acuerdo, de acuerdo, le dije, lo he entendido todo, no se preocupe. El otro no despegaba la oreja de su puerta, sin perder la esperanza, digo yo.



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