Apoyado de espaldas en la puerta, pensé: La transpiración es señal inequívoca de salud. Después me sentí profundamente avergonzado; debo de haber corrido, me dije, y los hombres deben de haber pensado, con toda razón, que huía de ellos, etcétera. Justo al terminar con estas recriminaciones que a nada conducían salvo a mi propia humillación, cuando ya cogía aliento para escalar los empinados peldaños hasta el quinto piso, oí, al otro lado del portal y casi a la altura de mi oído, las voces de dos personas farfullando algo en español.

Subí las escaleras sin encender la luz, lo más silenciosamente posible, y me encerré en mi cuarto. Ya en la cama, después de haber calentado un té en el hornillo, me dije que había elementos nuevos entre ayer y hoy que trastornarían mi cotidianidad. Movimiento, pensé. El círculo se abre en el punto más inesperado. Tengo un paciente que se muere de hipo; dos españoles (y mi paciente, si no español, es hispanoamericano) que sin duda alguna me siguen; madame Reynaud que se pone nerviosa al ver a los dos caballeros altos que nos observaban en el café Bordeaux, quienes a su vez no son los españoles que me siguen pero a quienes madame Reynaud parece conocer, o adivinar su identidad, y temer.

Abril, pensé. Un nuevo ciclo vital. En algún momento me quedé dormido.


Desperté tarde, con dolor de cabeza. Alguien golpeaba la puerta. Era madame Grenelle, la arrendataria de las habitaciones contiguas a las mías, sujetando entre los dedos un sobre azul oscuro y otro blanco, de papel corriente. Al verme reprimió un grito:

– Monsieur Pain, qué susto me ha dado.

– Pero si sólo he abierto la puerta -dije, y, en efecto, lo había hecho sin ninguna violencia, incluso casi demasiado lentamente, digamos: como si hubiera abierto la puerta con resignación. ¡Y la Grenelle se había asustado!

– Es mediodía -dijo mientras alargaba el cuello con la vana esperanza de encontrar algún acompañante nocturno en mis habitaciones.



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