
Le arrebaté las cartas murmurando unas confusas palabras de agradecimiento y cerré la puerta. Recordé entonces, mientras escuchaba las pisadas de madame Grenelle perdiéndose por el pasillo, haber despertado en algún momento de la noche soñando que alguien a quien intuía de forma vaga como benefactor me tapaba con suave y obstinada autoridad la boca. Al despertar me había encontrado con mi propia mano apretada sobre los labios. ¿Como si pretendiera ahogarme? ¿Como si pretendiera obligarme a permanecer en silencio?
Sentado en el borde de la cama abrí el sobre blanco: Monsieur Pierre Pain, le rogamos se sirva acudir al café Victor, en el Barrio Latino, a las 22 horas. Es un asunto de extrema gravedad. No falte. Por supuesto, carecía de firma. El sobre azul lo había mandado madame Reynaud y decía lo siguiente: Querido amigo, he hablado con madame Vallejo, está de acuerdo en que nos encontremos hoy, a las cuatro de la tarde, en el café Bordeaux. El estado de monsieur Vallejo es el mismo, sigue con hipo y la fiebre no ha bajado. Madame Vallejo no cree que pueda surgir ningún problema entre el médico que trata a su esposo y usted. Soy de la misma opinión. Hasta pronto. Marcelle Reynaud.
Desde la ventanilla algo empañada del taxi contemplé la fachada de la clínica: comprendí que sobre todas las cosas, incluso sobre la locura, allí había soledad, tal vez la forma más sutil de locura, al menos la más lúcida.
Eran las siete de la tarde del día 7 de abril y madame Vallejo, madame Reynaud y yo acabábamos de llegar a la Clínica Arago. Durante el trayecto casi no despegué los labios. Ambas mujeres parecían tener mucho de que hablar y mis pensamientos, por lo demás, deambulaban por regiones brumosas, poco proclives a la charla.
