– Parece usted ausente -comentó madame Reynaud mientras su amiga cambiaba unas palabras, en el otro extremo, con la enfermera encargada de la recepción.

– De ninguna manera -sonreí.

Después nos internamos a la zaga de madame Vallejo por pasillos blancos y grises, de una tonalidad metálica, fosforescente, manchada aquí y allá por imprevistos rectángulos negros.

– Es como una galería de arte moderno -oí que murmuraba madame Reynaud.

– En realidad los pasillos son circulares -dije-. Si se prolongaran podríamos llegar hasta el último piso sin haber tenido en ningún momento atisbo de ello.

– Como la torre de Pisa -dijo madame Vallejo con voz ausente.

Me pareció que no era un buen ejemplo, pero no quise contradecirla.

Madame Reynaud me sonrió con un gesto raro: la atmósfera que emanaba del hospital conseguía entristecerla, dando a su rostro un aire grave y expectante.

– Es todo tan blanco -dijo.

– Antinatural -añadió madame Vallejo cogiéndola del brazo y acelerando la marcha.

Las seguí.

Las dos amigas caminaban deprisa aunque sus pasos no eran firmes. Vistas desde atrás uno tenía la impresión de que los tacones de sus zapatos estuvieran flojos. Pensé que todo era culpa de los nervios. Asimismo noté que la luz de los pasillos, dispuesta de una manera curiosa pero muy práctica puesto que iluminaba uniformemente hasta los rincones en donde un extraño a simple vista no percibía trazas de instalación eléctrica, tendía a parpadear; de forma imperceptible y a intervalos regulares, la iluminación decrecía.

De pronto, plantado en medio del corredor, encontramos a un hombre de bata blanca, el primero que veíamos a lo largo de nuestro recorrido, el cual parecía sumido en profundas cavilaciones.



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