Al aproximarnos levantó la mirada, midiéndonos con los labios curvados en una mueca burlona, y luego se cruzó de brazos. Me dio la impresión de una persona fría, o al menos así lo pensé entonces. Por su gesto deduje que nuestra irrupción, a todas luces, lo disgustaba. Madame Vallejo, de manera notoria, declinó la marcha como si quisiera posponer el encuentro inevitable con aquel hombre. Era evidente que se conocían, así como que ella le temía. ¿Pero por qué?

Fuimos presentados formalmente:

– El doctor Lejard, médico de cabecera de mi marido.

Con una inclinación de cabeza, sin pronunciar palabra ni siquiera cuando le anunciaron el motivo de mi visita, Lejard nos saludó. Su atención de forma ostensible y un tanto afectada la acaparaba madame Reynaud.

Permanecí en silencio, estudiando el rostro enjuto del médico, mientras madame Vallejo decía algo sobre unos análisis de orina que no se habían efectuado o que se habían perdido y ante lo cual Lejard sólo se encogió de hombros. Luego, cuando pensé que había llegado mi momento de hablar, me dirigí directamente a él preguntándole con mal disimulado candor cuál era a su juicio la enfermedad que aquejaba a monsieur Vallejo. Su respuesta, tajante, me llegó a través de una voz de barítono:

– No estoy obligado a contestarle. Madame Vallejo puede hacerlo, está al tanto, yo no. Los charlatanes nunca han sido mi debilidad.

– Pero qué… -balbuceó madame Vallejo.

Madame Reynaud la cogió del brazo.

– Georgette…

Lejard, ajeno a las mujeres, me miró fijamente y sonrió, como para darme tiempo de digerir lo que me había espetado. A mi lado, madame Vallejo enrojeció visiblemente, la mandíbula crispada, hubiérase dicho a punto de abofetear al médico. Yo me limité a suspirar, intentando darle a mi rostro un aire despreocupado, vano esfuerzo, y mirando el contorno de mis zapatos.

Al alejarse Lejard, después de una ligera venia que acentuó su sonrisa burlona, debimos de componer sin duda un extraño cuadro: petrificados en el pasillo, sin que ninguno se resolviera a decir algo, cualquier cosa, una observación banal que rompiera el silencio, los rostros orientados hacia un espacio que ya no ocupaba nadie, como si esperáramos que de pronto Lejard volviera a materializarse exactamente allí y procediera a disculparse.



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