– Llega usted puntual -dijo uno de los españoles.

Permanecí inmóvil, con el sombrero entre las manos, sin trasponer la puerta color sangre del reservado. Resultaba difícil reconocerlos sin las batas, pero era evidente que los dos médicos que seguían a Lemière y los dos españoles con los que me había cruzado en la escalera y que luego, por la mañana, habían dejado el mensaje, eran las mismas personas.

– ¿Un vaso de vino? -preguntó el más flaco, y llenó hasta el borde, con paciencia, la tercera copa que había sobre la mesa.

Me senté frente a ellos, lo más cerca que pude de la salida, obviando las explicaciones que debía pedirles.

– Ya sé, esto debe parecerle bastante raro, pero no lo es -sonrió el otro, el más moreno, aunque en honor a la verdad debo decir que ambos eran flacos y morenos y que, por momentos, y de una manera bastante inquietante, ésas eran sus únicas características.

Mi mano tembló al coger la copa; gran parte del contenido se derramó sobre el mantel.

– En realidad teníamos ganas de conversar con usted, no se preocupe por la mancha, es igual.

– Una charla de amigos, si me permite la confianza.

– Distendida.

– Pero beba, beba, hemos encargado algo de comida, nada especial, carnes frías para ir picando, luego podemos irnos a cenar por ahí.

– Soy vegetariano -fue lo primero que dije.

Los españoles se miraron sorprendidos -o tal vez fingiendo una sorpresa que no sentían- y después sonrieron bondadosamente, como si hubiera contado un chiste malo y me lo perdonaran.

– Gastón -ordenó uno de ellos cuando el camarero entró con dos bandejas repletas de pedazos de jamón, costillitas troceadas y diversas clases de queso-, trae nueces y almendras para nuestro invitado.

Quise protestar pero me lo impidió con una mano arrugada y pálida.

– No te olvides del maní, Gastón -dijo cuando el camarero ya había desaparecido.



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