El moreno se aflojó el nudo de la corbata y me sonrió, el otro se había abalanzado sobre una de las fuentes y tragaba grandes pedazos de queso que apuraba con sorbos de vino sin mostrar el más mínimo decoro.

– Señores -dije manteniendo la copa a la altura de la nariz, como si oliera el contenido-, la verdad es que no he venido para comer.

Los españoles rieron con entusiasmo no exento de simpatía; el que comía se atragantó, brindó por mí y siguió ocupado con las bandejas.

– ¿Sabe una cosa? -dijo el moreno-, no tengo ni idea de cómo se llama el camarero, a todos les decimos Gastón y cuando uno acierta, es decir cuando uno llama Gastón a un verdadero Gastón, el otro paga la comida, ¿entiende?

– No, no entiendo. Con ese sistema no puede haber ganador. -El moreno me miró interrogante-. Si usted y su amigo llaman indistintamente Gastón a todos los camareros es evidente que ambos ganan o que ambos pierden. Uno debería llamarlos Gastón y el otro… Raoul.

El moreno pensó durante un instante y luego asintió repetidas veces.

– Tiene razón. Nuestro sistema tal vez es demasiado perfecto. Usted sin duda ha leído a Newton, claro.

No contesté.

– Sabemos que piensa atender a Vallejo -dijo con voz triste el flaco.

Lo observé a través de la copa de vino: una anguila roja, lenta, que se chupaba los dientes y bebía con falsa parsimonia.

– ¿Es ése el motivo por el que me siguieron anoche?

– Hemos ido a buscarlo a su casa, dos veces -sonrió obsequioso-. Sabemos dónde vive, monsieur Pain. ¿Qué interés podríamos tener en seguirle?

– Es verdad. Pero si no fueron ustedes debieron ser dos compatriotas suyos.

– ¿Cuándo? -Su interés parecía sincero.

– Ayer por la noche, después de nuestro encuentro en las escaleras.

Los españoles parecieron meditar durante unos segundos.

– Vaya, vaya… En fin, es irrelevante, ¿no? Una coincidencia, porque lo cierto es que no fuimos nosotros. -No lo dijo muy convencido-. Pero vayamos al punto central.



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