– ¿El punto central?

– El bien común -dijo-. O el sentido común, como usted prefiera.

El moreno tragó un par de píldoras que extrajo de una cajita niquelada. La cajita era casi plana y devolvía transformada en extrañas figuras la luz que chocaba contra ella. Nunca había visto un objeto semejante. Sentí alivio cuando la volvió a guardar en el bolsillo interior de su chaqueta.

– Ya puede adivinarlo -dijo-, queremos que se olvide de todo, de Vallejo, de su mujer, de nosotros, de todo.

Pasé los labios por el reborde de la copa. No podía pensar. La situación era, cuando menos, estrambótica. Hay que mantener el control, me dije. Bebí. Un trago largo con la vana esperanza de serenarme.

– Nuestra petición -recalcó la última palabra- no entraña, por supuesto, menosprecio alguno por sus facultades. Es más, puedo asegurarle aquí mismo, y mi compañero no me dejará mentir, que siento una gran admiración por la eficacia con que usted se desenvuelve dentro de su campo. Por cierto, un campo muy amplio, me atrevería a decir que ignoto para la mayoría de los mortales, ¿no es así?

Asentí con la cabeza y acto seguido me sentí despreciable.

– Pero con Vallejo no tiene nada que hacer. Por el bien común.

– El bien común -suspiró el otro-, una bonita definición, el bien suyo y el de todos… La armonía… El equilibrio… Las esferas estabilizadas… Los túneles vueltos a rellenar… Las sonrisas…

Iba a protestar que no entendía una palabra de todo aquel galimatías pero decidí que era mejor callar. El moreno, recostado contra el respaldo bermejo del sillón, no me quitaba los ojos de encima; su mirada, no obstante, no era de amenaza sino más bien de curiosidad. Me estudiaba. Ignoro por qué, esto me dio ánimos. En un impulso insensato llené otra vez la copa y bebí, casi con esperanza.



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