– ¿Ha sido Lejard quién los ha enviado?

– Es una pregunta que no vamos a contestar -suspiró el flaco-, en realidad, se lo aclaro con toda franqueza, no vamos a contestar ninguna pregunta, a menos que sea estrictamente imprescindible para llevar a feliz término nuestro trato con usted.

– ¿Un trato?

– Ya se lo hemos dicho, que olvide que existe Vallejo, la Clínica Arago, etcétera, y nosotros, para no ser menos, olvidaremos este sobre.

Con pereza, también con una falsa y estudiada fanfarronería, el moreno dejó caer junto a la botella un sobre alargado, marrón oscuro, como los que daba el Banco de París diez años atrás. Dentro había más de dos mil francos.

– ¿Pero por qué?

Admonitorio, el dedo del flaco trazó un jeroglífico en el aire, separándonos.

– Sin preguntas, recuérdelo.

No cabía duda, aunque hubieran presenciado aquella tarde la escena entre Lemière y madame Vallejo, los españoles aún no sabían que yo estaba completamente desligado del asunto. Lemière se hacía cargo de todo; él y su equipo médico y Lejard; era de imbéciles pagar para que me desentendiera de algo con lo que no podía tener ninguna relación. De muy lejos llegaron los acordes de un tango. La risa cristalina de una mujer. El murmullo apagado de unas voces, algunas risas aisladas, aplausos. Escuché la voz de un presentador que decía: Alan Monardes en persona tocará para ustedes…

– Esto es una locura.

– De acuerdo, pero una locura que a usted no perjudica en nada, al contrario, con los tiempos que corren nunca están de más unos ahorrillos…

Están locos, pensé, pero el dinero era auténtico, estaba allí, esperando que lo tomara y lo introdujera en mi billetera. Por primera vez no tuve miedo.

– Este es el soborno más raro del que tengo noticia -murmuré. Por descontado, no lo entendieron.

El flaco sonrió sin darle importancia.



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