– Llamaremos a Gastón -dijo mientras apretaba el timbre- y le encargaremos otra botella de vino. La noche es joven todavía.

– La noche es joven siempre -corrigió el moreno.


– ¿Monsieur Rivette?

– Ah, Pierre Pain.

– Le hablo desde el café de Raoul, debe ser tardísimo.

– Es igual, no se preocupe, no estaba dormido.

– Creo que estoy borracho, necesitaba… hablar con alguien de confianza, querido monsieur Rivette.

– Usted dirá en qué puedo ayudarlo.

– Esta noche he cometido un acto abominable, repugnante…

– …

– He aceptado un soborno…

– ¿Usted?

– Es verdad, parece difícil pensar que haya en el mundo seres capaces de sobornar a un pobre diablo como yo.

– No he querido decir eso, Pierre, calma, se encuentra demasiado nervioso.

– ¿Y cuántas veces me ha visto nervioso, monsieur Rivette? Haga memoria…

– Pero, Pierre, no se trata de eso, la naturaleza humana es insondable, ¿se acuerda de Pleumeur-Bodou?

– ¿Qué dice?

– Pleumeur-Bodou.

– Dios mío, hacía años que no pensaba en él. Supongo que alguna vez fuimos amigos.

– La voluntad de olvido, la magia. Pleumeur-Bodou rara vez se ponía nervioso, ¿recuerda?

– Se suicidó…, ¿no?

– No. Hace más de un año que está en España. Cada cierto tiempo recibo una carta suya. Le gusta rememorar épocas pasadas.

– A mí no. No demasiado. Prefiero aceptarme o aguantarme tal cual soy. ¿Pero por qué ha mencionado a Pleumeur-Bodou?

– No lo sé, creo que estaba pensando en él… y en usted.

– ¿Hoy?

– Toda la tarde. Ya sabe, los viejos nos entretenemos con los tiempos idos. He estado revisando una carta astrológica que les hice a ambos.

– ¿A Pleumeur-Bodou y a mí? Nunca me lo dijo.

– Fue una nimiedad. No se preocupe. En fin, ¿qué me decía de un soborno?



23 из 107