Ignoro por qué las imágenes inconexas de un rostro que podía ser el del difunto monsieur Reynaud se sobreimpusieron a los cuerpos que bebían y charlaban a una o dos mesas de distancia.

– ¿Hipo? -pregunté con una triste sonrisa que quería ser respetuosa.

– Se está muriendo -afirmó con vehemencia mi interlocutora-, nadie sabe de qué, no es una broma, debe usted salvarle la vida.

– Me temo -susurré mientras ella miraba nerviosamente a través de los ventanales el fluir de los viandantes por la rué Rivoli- que si no es usted más explícita…

– No soy médico. Pierre, apenas sé nada de estas cosas, bien sabe que ésa ha sido mi desgracia, siempre quise ser enfermera. -Sus ojos azules brillaron enfurecidos. Madame Reynaud, en efecto, no había cursado estudios superiores (de hecho no había cursado estudios de ninguna clase), lo que no era óbice para que la considerara una mujer de inteligencia despierta.

Con un ligero mohín, bajando las pestañas, agregó con la entonación de quien recita algo aprendido de memoria:

– Desde finales de marzo monsieur Vallejo está hospitalizado. Los médicos todavía no saben qué tiene, pero lo cierto es que se muere. Ayer comenzó a sufrir hipo… -Se detuvo un momento, paseó la mirada entre la concurrencia, como si intentara localizar a alguien-. Es decir, ayer comenzó a hipar constantemente sin que nadie pudiera hacer nada por aliviarlo. Como usted sabe, el hipo puede llegar a matar a una persona. Por si esto fuera insuficiente la fiebre no baja de cuarenta. Madame Vallejo, a quien conozco desde hace años, me llamó esta mañana. Está sola, no tiene a nadie salvo a los amigos de su marido, casi todos sudamericanos. Al explicarme su situación pensé en usted, aunque por supuesto a ella no le he prometido nada.

– Me honra su confianza -alcancé a suspirar.

– Tengo fe en usted -replicó de inmediato.



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