
Pensé que la fe era el primer requisito para amar. Me pareció deleznable. Sus ojos estaban secos (¿por qué no habían de estarlo?) y parecían estudiar con morosidad las hombreras de mi chaqueta.
– Lo que no han hecho los médicos puede hacerlo usted con la acupuntura.
Puso su mano encima de la mía; sentí un ligero escalofrío; los dedos de madame Reynaud, por un instante, me parecieron transparentes.
– Créame, es usted la única persona que puede salvar al esposo de mi amiga, pero debemos darnos prisa, si acepta tendrá que ver a Vallejo mañana mismo.
– No puedo negarme, por supuesto -dije sin atreverme a mirarla.
Su exclamación atrajo la atención de algunas mesas vecinas:
– ¡Lo sabía! ¡Oh, Pierre, confío en usted, confío tanto!
– ¿Qué es lo primero que debo hacer? -la atajé mientras veía en el espejo mi rostro ruborizado, tal vez feliz, y la figura del camarero hablando con dos individuos vestidos de negro, altos y flacos, de rostros demacrados, al lado de la caja, como si estuvieran pagando una consumición o haciéndole una confidencia.
– No lo sé, amigo mío, debo hablar con Georgette, con madame Vallejo -puntualizó-, y concertar una cita para mañana a primera hora.
– Me parece muy bien. Cuanto antes me haga una idea del estado en que se encuentra el esposo de su amiga será mejor -aseveré.
El camarero y los dos hombres de negro se volvieron a mirarnos. Los desconocidos, extremadamente pálidos, movieron las cabezas, al unísono, como asintiendo. Tuve una sensación extraña: en ese momento me parecieron, ambos, una de las encarnaciones posibles de la piedad. Me pregunté si madame Reynaud los conocería.
– Nos están observando.
– ¿Quiénes?
– Allí, junto a la caja, disimule, dos hombres vestidos de negro. A mí me parecen un par de ángeles, ¿no lo cree?
– No diga tonterías, se lo suplico, los ángeles son jóvenes y tienen la piel rosada. Esos pobres hombres parecen recién salidos de la cárcel.
