– O de un sótano.

– Aunque probablemente sólo sean oficinistas cansados, tal vez enfermos.

– Es verdad. ¿Los conoce usted?

– No, por supuesto, no -respondió, los ojos fijos en el prendedor de mi corbata.

Parecía haberse empequeñecido.


Pese a mis esfuerzos el esposo de madame Reynaud había muerto hacía seis meses, a la edad de veinticuatro años. Madame Reynaud se presentó en mi casa con unas líneas del viejo monsieur Rivette, un amigo común, exactamente una semana antes y desde el primer momento supe que no podría hacer nada; los médicos habían desahuciado a Reynaud desde hacía mucho y era evidente que sólo la desesperación juvenil de madame Reynaud concebía esperanzas acerca de la salud de su esposo. Contra mi costumbre, también contra mi cansancio, debo admitirlo, accedí a sus ruegos. Aquel mismo día visité a monsieur Reynaud en su lecho de moribundo en el Hospital de la Salpetrière, en donde ya de antaño contaba con la consideración de algunos doctores a quienes en ocasiones auxilié con mis elementales conocimientos de acupuntura en sesiones de terapia diversa.

Monsieur Reynaud era moreno y de ojos verdes oscuros, diríase un meridional, y fingía con gran soltura ignorar su estado de salud. Enseguida me resultó simpático; era hermoso y torpe y bastaban cinco minutos a su lado para comprender el amor que su mujer le profesaba.

– Todos están locos si creen que me voy a recuperar -me confesó la segunda noche, después de explicarle detalles sin importancia de mi rutina diaria, para entretenerlo y tal vez para crear una zona de confianza mutua.

– No lo crea -sonreí.

– Usted no lo entiende, Pain. -Su rostro brillaba, ladeado ligeramente hacia mí mientras sus ojos buscaban algo que yo no podía ver.

Estuve junto a él hasta su muerte.

– No debe culparse, todos sabíamos que era inevitable -me consoló el doctor Durand la noche que expiró.



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