
A partir de entonces comencé a ver a madame Reynaud cada quince o veinte días. ¿Una amistad? No lo sé. Tal vez algo más, aunque nuestros encuentros se limitaban a paseos aderezados de diálogos que nunca comprometían opiniones sentimentales o políticas, o que al menos nunca comprometían las de ella; casi siempre era yo quien hablaba y los temas, muy a mi pesar, discurrían entre mi ya un tanto lejana juventud, la Gran Guerra, en la cual combatí, mis intereses por las ciencias ocultas, nuestro común amor por los gatos. También, es cierto, íbamos a sesiones de cine, siempre a instancias mías, o nos guarecíamos en restaurantes de cualquier barrio en donde por lo común permanecíamos en silencio. Un silencio que a ambos nos confortaba. Jamás hubo ninguna alusión íntima o sentimental, a no ser que se considere como tales algunas confidencias inofensivas que solía hacerme sobre su difunto esposo. Para finalizar, nunca nos habíamos visitado en nuestros domicilios particulares (exceptuando la primera vez que madame Reynaud fue a buscarme con la carta de presentación de monsieur Rivette), aunque ambos poseíamos nuestras respectivas direcciones.
Dulcemente, mientras regresaba a casa, comencé a recomponer el rostro febril de monsieur Reynaud al tiempo que meditaba en el hipo del desconocido monsieur Vallejo. Imagen recurrente, reflexioné; en los últimos meses me resultaba difícil no asociar la enfermedad e incluso la belleza con el recuerdo de monsieur Reynaud. Eran casi las doce y había pasado el resto de la velada en un café del barrio de Passy en compañía de un viejo conocido, sastre retirado que dedicaba gran parte de su tiempo al estudio del mesmerismo. Ya no llovía. De alguna manera, pensé, las personas que nos sirven de puente hacia los pacientes revelan el estado más profundo de éstos. Los intermediarios como radiografías. La teoría, ciertamente, era aventurada y en el fondo no creía en ella.
