
De pronto, como para justificar mis temores, al doblar la esquina de mi calle de ordinario desierta a esas horas, escuché unas pisadas que se aceleraban. Caminé aún unos cuantos metros antes de detenerme, sorprendido. Me siguen, constaté con la misma mezcla de certeza y asombro con que los soldados se descubren una pierna gangrenada. ¿Era posible?
Con cautela miré por encima del hombro; dos hombres, a unos veinte metros, caminaban en mi misma dirección, muy juntos, uno al lado del otro hasta parecer hermanos siameses, los sombreros de ala ancha, desmesurados, las siluetas negras recortadas por el farol de la acera de enfrente.
Supe que mientras caminaban no me quitaban el ojo de encima. Me sentí observado hasta el dolor, un dolor que me desnaturalizaba. Recorrí deprisa el tramo que me separaba de mi edificio. No recuerdo haberlos oído correr, por lo que supongo que mi reacción debió de tomarlos desprevenidos. Al trasponer el umbral, después de cerrar no sin esfuerzo la puerta del zaguán, me descubrí empapado de sudor.
