– ¿Y mi padre? -preguntó Dima-. ¿Quién es?

– Pero ¿qué importancia tiene eso, hijo? -repuso Pável con cariño-. Tu madre no estaba casada, y es muy posible que tu padre ni siquiera sepa que existes. Nosotros, los Krasnikov, somos tus padres. Estás con nosotros desde el momento en que naciste, llevas nuestro apellido, hemos vivido juntos quince años y pico. Reconoce que no es poco. Ya eres suficientemente mayor para que se pueda hablar contigo sin disimular nada y sin mentirte.

– ¿Así que no somos nada? ¿No somos familia? -preguntó Dima con tozudez.

– No digas tonterías -le cortó Pável-. Primero, Vera era prima hermana de mamá, así que somos parientes consanguíneos. Segundo, ¿qué significa «ser familia» y «no ser familia»? La familia es la gente a la que uno quiere y aprecia, la que le resulta cercana, eso no lo pongas en duda. De modo que sí somos familia en el sentido más estricto de la palabra. Y no te atrevas ni a pensar otra cosa.

– De acuerdo, papá -respondió el chico con voz apenas audible.

Pável se puso en pie. Era un buenazo pero de trato algo seco, y estaba desconcertado al no saber qué tenía que hacer ahora.

– Creo que necesitas estar solo y reflexionar sobre lo que te he dicho -declaró titubeando-. Voy a ver cómo está mamá, se ha puesto muy nerviosa.

En la cocina, Olga secaba los platos que acababa de fregar. Tenía los párpados hinchados y estaba temblando.

– ¿Qué ha pasado? -gritó corriendo hacia el marido-. ¿Se lo has dicho?

– Sí.

– ¿Y él qué…?

– No sé qué decirte. Está pensando.

– Pero ¿no llora? -preguntó Olga alarmada.

– No creo.

– Ay, Señor -gimió la mujer-, ¿qué hemos hecho para que nos mandes estas pruebas? ¿Qué pecados hemos cometido? Ojalá que no se encierre en su caparazón, que no se aleje de nosotros, que no nos eche la culpa.

– ¡Pero qué cosas dices! -exclamó Pável con indignación-. ¿Por qué iba a echarnos la culpa? ¿La culpa de qué?



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