– ¿Cómo quieres que lo sepa? -respondió Olga con desesperación-. ¿Acaso hay forma humana de comprender qué sucede en su cabeza?

Empezó a poner la mesa para la cena, sacó de la nevera la sartén llena de carne asada, cortó el pan.

– Hay que llamar a Dima, la cena está lista -dijo con timidez al cabo de un rato-. Pero me da miedo.

– ¿Miedo de qué?

– No lo sé. Estoy asustada. Me da apuro verle. ¿Y si le llamas tú?

Pável se encogió de hombros y gritó:

– ¡Hijo! ¡Lávate las manos y ven a cenar!

La voz se le entrecortó y sonó ronca, algo así como falsa. No tenía ni idea de que también él se había emocionado, y sonrió a su mujer con aire compungido.

Resonaron unos pasos apresurados. Dima entró en el cuarto de baño, se oyó el rumor del agua cayendo en el lavabo.

– Tranquila -susurró Pável por lo bajo a su mujer-. Todo irá bien, estoy seguro. Lo hemos hecho todo bien. Si nos lo hubiéramos callado, más adelante habría sido peor, créeme.

Cuando el muchacho se presentó en la cocina, sus labios temblorosos delataban una emoción comparable a la de sus padres. Se sentó a la mesa sin decir palabra y empezó a comer. Olga y Pável no probaron bocado. Al final, Olga no pudo contenerse:

– Dime, hijito, cariño, ¿estás muy disgustado?

Dima levantó los ojos del plato y dirigió la vacilante mirada a la madre.

– No lo sé. No, creo que no. En el cine he visto que los hijos suelen ponerse histéricos cuando se les dice algo así, bueno, y en general… A lo mejor tendría que echarme a llorar, ¿no?

– Pero qué dices, hijo mío, no tienes motivo para llorar. Nada ha cambiado, ¿verdad? Pase lo que pase, sigues siendo nuestro hijo, y nosotros, tus padres. Lo que muestran en el cine son bobadas, lo hacen adrede, para crear tensión.

Pável sonrió contento. Estaba seguro de que todo iba a salir bien, de que su Dima no le fallaría. Como tampoco le fallaría Olia.



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