– ¿Es usted Zachary Danvers? -preguntó, sabiendo perfectamente que no se trataba de él.

– No, pero…

– ¿Es usted algún familiar de los Danvers?

– ¿Qué demonios dice? -Desde debajo de su gorra la miró frunciendo las cejas-. No, por supuesto que no. Pero no puede usted subir por ahí.

– Tengo una cita con Zachary Danvers -insistió ella con una voz fría y autoritaria.

– ¿Una cita? -repitió el electricista, quien obviamente no la creía.

– Una cita -contestó ella, mirando a aquel trabajador sin ceder ni un milímetro.

– Yo no sé nada de eso. Soy su capataz y no me ha dicho nada de ninguna cita -dijo él, mirándola receloso con cara de pocos amigos.

– Puede que lo haya olvidado -dijo ella, forzando una fría sonrisa-. Pero tengo que hablar con él o con algún miembro de la familia Danvers.

– Volverá dentro de media hora aproximadamente -le contestó él de mala gana.

– Le esperaré en el salón de baile.

– Oiga, no creo que…

Sin volver a mirarle acabó de subir deprisa los últimos peldaños. La alfombra amortiguaba el sonido de sus botas y su respiración se hizo un poco más rápida, signo de su estado de excitación.

– Mierda -dijo el electricista entre dientes, pero no se movió de su andamio y volvió a concentrarse en su trabajo-. Malditas mujeres.

El corazón le latía tan deprisa que apenas podía respirar, pero al llegar al rellano de la escalera dio media vuelta hacia la izquierda y abrió con los hombros las puertas dobles. La sala estaba a oscuras. Sintió que le faltaba el aire en los pulmones y buscó a tientas el interruptor de la luz.

De repente, con un derroche de resplandor, cientos de pequeñas lámparas en miniatura, que estaban suspendidas en candelabros en forma de lágrimas, iluminaron el salón de baile. El corazón le dio un vuelco ante la visión del pulido suelo de roble, de las hileras de altas ventanas de arco y de la deslumbrante luz que los varios centenares de pequeñas bombillas reflejaban en los cristales grabados.



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