Sintió un nudo en la garganta y parpadeó para refrenar las lágrimas. ¿Era allí donde había sucedido todo? ¿Donde el curso de su joven vida había dado un giro, desde un camino predestinado hacia un territorio inexplorado?

«¿Por qué?», se dijo, mordiéndose el labio inferior. Oh, Dios, ¿por qué no podía recordar?

La lluvia de octubre se deslizaba por su pelo y por el cuello de su chaqueta. Las hojas caídas, que estaban ya empapadas, se adherían a la acera y eran batidas por la leve llovizna de Oregón, que parecía ascender de las calles húmedas y amontonarse en las esquinas de los edificios. Coches, camionetas de reparto y camiones pasaban por las calles, con las luces de sus faros que apenas podían competir con la acuosa iluminación de las farolas.


Zachary Danvers estaba de mal humor. Aquel trabajo había durado demasiado y le había hecho perder mucho tiempo. El poco orgullo que sentía por la labor de renovación había quedado empañado. Trabajar allí le hacía sentirse hipócrita y agradecía que el trabajo estuviera a punto de terminar. Lanzando para sus adentros juramentos contra sí mismo, contra sus hermanos y especialmente contra su padre, empujó las puertas de vidrio del viejo hotel. Había desperdiciado allí un año de su vida. Un año. Y todo a causa de una promesa que le había hecho a su padre, un par de años antes, en su lecho de muerte. Y porque había sido codicioso.

Se le agrió el estómago con ese pensamiento. Posiblemente era más parecido al viejo de lo que le gustaría admitir.

El encargado del hotel, un tipo nervioso recién contratado, con el pelo fino y una nuez de la garganta que trabajaba a doble jornada, estaba hablando con el nuevo recepcionista, acodado sobre el amplio y lujoso mostrador de caoba, que era el orgullo del vestíbulo. Zachary había descubierto aquel estropeado mueble de oscura madera en una taberna centenaria situada en los bajos de un decrépito edificio en Burnside. El edificio de la taberna iba a ser demolido, así que Zach había decidido restaurar el mostrador y ahora la otrora deteriorada caoba brillaba bajo las luces del vestíbulo.



11 из 509