
En el vestíbulo se cruzó con dos hombres que se tambaleaban bajo el peso de un sofá envuelto en plástico. Oyó a unos obreros que discutían en la parte de atrás, y vio a unos cuantos trabajadores y empleados del hotel que iban del comedor a la cocina, que estaba situada justo enfrente de las puertas de entrada. La recibió un olor a productos de limpieza, aguarrás y barniz, y el vocerío del personal que le llegaba apagado por el ruido de las aspiradoras.
Mientras los dos obreros depositaban el sofá al lado de la enorme chimenea, ella se detuvo en medio del vestíbulo y echó un vistazo a aquel hotel que en otro tiempo fuera el más opulento de Portland: un lugar donde se habían reunido los dignatarios y los padres de la ciudad, y donde se habían tomado las decisiones que conformarían y planearían el futuro de la misma. Miró hacia arriba, hacia las vidrieras de colores que se elevaban por encima de las puertas de entrada, por donde se colaban los últimos rayos del día, que iban a caer sobre un impoluto suelo -que se extendía ante el mostrador de recepción- con una luz de tonos ámbar, rosa y azulado.
Tragó saliva para deshacer un nudo que se le había formado en la garganta; aquel hotel era su herencia. Su patrimonio. Su futuro.
¿O no?
Solo había una manera de descubrirlo. Se dirigió a la amplia y curvada escalera que llevaba hasta la terraza.
– Oiga usted, señora, está cerrado.
Aquella voz, profunda y masculina, pertenecía a un hombre alto y fornido que se balanceaba encima de un andamio colocado a la altura del segundo piso. Estaba manipulando la lámpara de araña que pendía sobre el mostrador de recepción del vestíbulo.
Sin hacerle caso, empezó a subir los peldaños recubiertos de alfombra.
– Oiga, ¡estoy hablando con usted!
Dudó por un momento, con la mano agarrada al pasamanos. Aquello no iba a resultarle fácil, pero el electricista no era más que un pequeño escollo. El primero de muchos. Tratando de desarmarlo con una resuelta sonrisa, se dio la vuelta y levantó los hombros.
