
Todas las instalaciones del hotel habían sido reemplazadas por antigüedades, o por réplicas, y ahora el hotel podía alardear de volver a tener el auténtico encanto de finales del siglo XIX pero con comodidades del XX.
A los publicistas les habría encantado esa frase.
El porqué había estado de acuerdo en renovar aquel viejo edificio era algo que aún no comprendía, aunque estaba empezando a sospechar que estaba desarrollando un sentido latente de orgullo familiar. «Hijo de perra», murmuró para sus adentros. Estaba harto de la ciudad, del ruido, del aire contaminado, de las luces y sobre todo de los asuntos de su familia, o de lo que quedaba de ella.
– ¡Oye, Danvers, te están esperando! -le gritó su capataz, Frank Gillette, desde su puesto en el andamio a más de cinco metros del suelo del vestíbulo-. Hay una mujer en el salón de baile. Lleva ahí más de una hora.
– ¿Qué mujer? -preguntó Zach entornando los ojos.
– No me dijo su nombre. Me aseguró que tenía una cita contigo.
– ¿Conmigo?
– Eso es lo que dijo. -Frank empezó a bajar por la escalera de mano-. No quiso hablar conmigo puesto que no soy, y cito textualmente, «un miembro de la familia Danvers».
Frank saltó al suelo y se limpió el polvo de las manos. Sacó un arrugado pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y se lo pasó por debajo de la visera de su gorra.
Se oyó un estrépito que venía desde algún lugar cerca de la cocina y luego un ruido de vajilla de plata que retumbó por todo el hotel.
– ¡Demonios! -gritó Frank mientras se daba la vuelta y miraba en dirección a la cocina-. Maldito Casey.
