
Zach se frotó la cicatriz que tenía en el hombro, a través de la piel de su chaqueta, resultado de ser hijo de Witt Danvers. Apretó las mandíbulas. Había tardado años en hacer las paces con su padre y ahora ya era demasiado tarde para pedir compensaciones.
– Descansa en paz, miserable malnacido -dijo Zachary con labios temblorosos mientras abría las puertas.
Su padre siempre le había tratado de manera diferente que al resto de sus hermanos. Aunque eso ahora ya no le importaba. Zach tenía sus propios negocios, su propia identidad. La soga que suponía ser hijo de uno de los hombres más ricos de Portland no parecía apretarle tanto.
Dio dos grandes zancadas en el salón de baile y se quedó parado de golpe. Allí estaba aquella mujer, vestida con un largo abrigo negro que combinaba con unas botas altas hasta las rodillas. Al oírle entrar ella se dio la vuelta y, antes de que pudiera decir una sola palabra, él supo por qué ella le estaba esperando.
Unos brillantes rizos negros rodeaban su rostro perfecto. Sus redondos ojos azules, ribeteados por unas largas pestañas oscuras, le miraban fijamente. Sus finas cejas morenas se arquearon inquisitivamente. Cuando ella le sonrió, él sintió que el corazón se le paraba por un instante. Su sonrisa dejó ver unos hermosos dientes; sus mejillas estaban finamente cinceladas y su bien torneada barbilla permanecía ligeramente elevada.
Le pareció que el aire se le había detenido en los pulmones.
– Tú eres Zachary -dijo ella como si tuviera todo el derecho del mundo de estar allí, en medio del salón de baile; como si le perteneciera.
Zach sintió de repente la garganta seca y recuerdos olvidados salieron a la superficie de su mente.
