
– Exacto.
– Danvers -añadió ella, con una voz suave, apretando los labios durante una fracción de segundo. Sonrió ligeramente y caminó lentamente hacia él con la mano extendida-. He esperado mucho tiempo para encontrarme contigo -dijo forzando una sonrisa-. Mi nombre es…
– London -añadió él con todos los músculos de su cuerpo tensos por el dolor del pasado.
– ¿Me has reconocido? -La esperanza iluminó aquellos ojos azules.
– No puedo negar que existe un gran parecido.
– Oh. -Ella pareció dudar, perdiendo súbitamente aplomo.
– Es por eso por lo que estás aquí, ¿no es así?
– Sí.
– Crees que eres mi hermana desaparecida. -Él no podía disimular el cinismo de sus palabras.
Aquellas órbitas de color azul claro se nublaron y su mano, la misma que ella le había ofrecido y él había ignorado, cayó a un costado.
– Eso creo, pero no estoy segura. -Pareció que de nuevo volvía a encontrar su aplomo-. Durante mucho tiempo mi nombre ha sido Adria.
– ¿No estás segura?
Durante unos momentos, él no pudo hacer nada más que mirar fijamente aquellos enormes ojos azules; unos ojos iguales que aquel par de ojos traicioneros que antaño parecieron haber mirado en su interior; enseguida recobró el sentido. ¿Cómo podía haber pensado, aunque solo fuera por un segundo, que aquella mujer podía ser London? ¿Acaso no había estado cerca de tantas impostoras como para oler a una a kilómetros de distancia? Era cierto que se parecía a su madrastra. ¡Vaya cosa!
– Mi hermana lleva muerta más de veinte años -dijo él con el rotundo tono de voz que reservaba para los mentirosos y los estafadores.
– Hermanastra.
– Eso no importa.
– Solo quería saber si recordaba este lugar -añadió ella, echando una ojeada al salón.
– London solo tenía cuatro años.
– Casi cinco. Y los niños de cuatro años ya tienen recuerdos… puede que solo sean impresiones, pero en todo caso son recuerdos… -Ella miró hacia una esquina cerca de la hilera de ventanales-. La banda estaba allí, en ese hueco, y ahí había plantas… árboles, creo. -Sus dos cejas se levantaron como si estuviera tratando de atrapar un recuerdo fugaz-. Y allí había una enorme fuente y una escultura de hielo… un… caballo; no, no era solo un caballo, era un caballo corriendo, y…
