– Veo que has estado investigando.

– No me crees -dijo ella apretando los labios.

– Creo que es mejor que te marches. -Zachary ladeó la cabeza en dirección a la puerta-. London está muerta. Lo ha estado durante veinte años, de modo que recoge lo que sea que me quieres vender y regresa a tu casa antes de que te saque de aquí y te deje en la calle con el resto de la basura.

– ¿Cómo sabes que London está muerta?

A Zach se le hizo un nudo en la garganta al recordar, con un retortijón en las entrañas, las acusaciones, los dedos que le señalaban a él, las miradas recelosas que levantaba a su paso.

– Estoy hablando en serio. Es mejor que te marches.

– Yo también hablo en serio, Zach. -Metiéndose las manos en los bolsillos, ella echó un último vistazo a la enorme sala y luego se dirigió de nuevo a él-: Como tú bien sabrás, no me doy por vencida fácilmente.

– No tienes ninguna posibilidad.

– ¿Quién está al mando?

– Eso no importa. -Su voz era dura y en su semblante se dibujaba una brutal resolución-. Puedes hablar con mi hermana y con mis hermanos, con mi madre, o con el gabinete de abogados que controla las propiedades mi padre, pero ninguno de ellos te va a escuchar. Harías bien en no malgastar tus esfuerzos ni mi tiempo. Haz caso de mi consejo y vete a tu casa.

– Esta podría ser mi casa.

– Tonterías.

– Es una pena que Katherine no esté viva.

A Zachary se le heló la sangre al oír mencionar el nombre de su hermosa y joven madrastra. Existía un inconfundible parecido entre aquella joven, que estaba arrogantemente de pie frente a él, y la segunda esposa de su padre, Katherine, Kat, la mujer que había hecho que su vida fuera un infierno durante años.



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