– ¿Se ha enfadado mucho el señor Burke por haber cancelado la reunión? -le preguntó Christian.

Myron se encogió de hombros.

– Le ha dado un ataque, pero creo que sobrevivirá. No pasa nada, no te preocupes por eso.

– ¿El minicamp de la pretemporada empieza el jueves?

Myron asintió y le preguntó:

– ¿Estás nervioso?

– Un poco, creo.

– ¿Es por eso por lo que querías verme?

Christian negó con la cabeza, luego vaciló un instante y afirmó:

– Es… es que no lo entiendo, señor Bolitar.

Cada vez que lo llamaba «señor», Myron pensaba que le estaba hablando a su padre.

– ¿Que no entiendes qué, Christian? ¿Qué es lo que quieres decir?

El chico volvió a titubear y continuó:

– Es… -se detuvo, inspiró profundamente y prosiguió-, es sobre Kathy.

Myron pensó que no lo había escuchado bien.

– ¿Kathy Culver?

– Usted la conoció -dijo Christian, aunque a Myron no le quedó muy claro si era una afirmación o una pregunta.

– Hace mucho tiempo -replicó Myron.

– Cuando usted salía con Jessica.

– Sí.

– Entonces a lo mejor pueda llegar a entenderlo. Echo de menos a Kathy. Más de lo que nadie se imagina. Era muy especial.

Myron asintió tratando de darle ánimos, muy al estilo de Phil Donahue o de cualquier otro entrevistador de aquellos que se preocupaban sinceramente por sus entrevistados.

Christian dio un paso atrás y estuvo a punto de golpearse la cabeza contra una estantería.

– La gente hizo un circo con lo que le ocurrió, salió en la prensa amarilla, en los programas televisivos del corazón…

Para la gente fue como un juego. Como un espectáculo de la tele. Nos llamaban «idílicos», la «pareja idílica» -dijo haciendo unas comillas con las manos-, como si «idílico» quisiera decir irreal. Fue muy cruel. Todo el mundo me decía que era joven, que lo superaría pronto, que Kathy sólo era una rubia más y que había millones como ella para alguien como yo. La gente esperaba que siguiera adelante con mi vida, que se había ido, que se había terminado para siempre.



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