Myron vio que el aspecto juvenil de Christian, algo que pensaba que podría convertirlo en el rey de los contratos publicitarios, acababa de adquirir una nueva dimensión. En lugar de aquel chico de Kansas tan buen deportista, tímido y modesto, Myron vio la realidad que se ocultaba bajo esa apariencia: un niño asustado acurrucado en un rincón, un niño cuyos padres habían muerto, un niño sin familia y probablemente sin un amigo de verdad, con tan sólo aduladores y gente que quería algo de él. «Como quizá yo mismo», pensó Myron.

Myron hizo un gesto negativo con la cabeza. Ni hablar. Otros agentes seguro, pero él no. Myron no era así. Pero, a pesar de todo, una sensación parecida a la culpa se le quedó ahí grabada, pinchándole en las costillas como un cuchillo afilado.

– En realidad nunca llegué a creer que Kathy hubiera muerto -prosiguió Christian-. Eso fue parte del problema, supongo. No estar del todo seguro acaba por afectarte al cabo de un tiempo. Una parte de mí… una parte de mí casi esperaba que encontraran su cadáver, cualquier cosa con tal de poner fin a aquello. ¿Es cruel decir una cosa así, señor Bolitar?

– No lo creo, no.

Christian lo miró con aire solemne y le dijo:

– No dejo de darle vueltas a lo de las bragas, ¿sabe?

Myron asintió. La única pista de todo el misterio habían sido las bragas deshilachadas de Kathy que se encontraron encima de un cubo de basura de la universidad. Al parecer, las habían encontrado manchadas de semen y sangre. Para el público en general, las bragas habían confirmado lo que durante tiempo se había sospechado: que Kathy Culver había muerto. Era una historia triste pero no excepcional. Algún psicópata la había violado y asesinado. Probablemente nunca llegarían a encontrar su cuerpo, o tal vez unos cazadores se toparían algún día con sus restos mortales en el bosque, y le darían a los medios de comunicación un buen comienzo para el telediario del mediodía que haría volver a centrar la atención sobre el caso con la eterna esperanza de poder sacar por antena a algún familiar desgarrado por la pena.



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