Llevaba una blusa blanca con el cuello desabrochado, una falda corta y gris, y medias negras. Todo perfectamente ceñido. Por un instante, Myron pensó que debía ser un producto de su ensoñación, una visión deslumbrante que le tentaba los sentidos. Pero el nudo que se le hizo en el estómago lo obligó a rechazar aquella posibilidad. Se le secó la garganta. De repente, una serie de profundas sensaciones durante largo tiempo aletargadas le invadieron el cuerpo como una ola inesperada a la orilla del mar.

Tragó saliva con esfuerzo y obligó a sus piernas a avanzar. Aquella mujer era sencillamente impresionante. El bar y su contenido, excepto aquella mujer, se fundieron con el entorno como si sólo fueran elementos de atrezzo dispuestos alrededor de ella.

Myron se le acercó y le preguntó:

– ¿Viene por aquí muy a menudo?

Ella lo miró como si fuera un viejo haciendo jogging con velocímetro.

– Qué frase más original -le dijo-; es usted muy creativo.

– Tal vez no lo sea -le contestó él- pero qué manera de decirla -dijo sonriendo de una manera que creía encantadora.

– Me alegro de que lo vea así -dijo. Y volvió a concentrarse en su bebida-. Márchese, por favor.

– ¿Se hace la estrecha?

– Piérdase.

Myron esbozó una media sonrisa y añadió:

– Deje de hacer eso. Se está poniendo en evidencia.

– ¿Cómo dice?

– Que cualquier persona de este bar puede verlo claramente.

– ¿Ah, sí? -dijo ella-. Pues ilumíneme.

– Usted me quiere. Apasionadamente.

La mujer estuvo a punto de sonreír y contestó:

– ¿Tanto se me nota?

– No es culpa suya. Es que soy irresistible.

– Uy, sí, recójame si me derrito.

– Aquí me tienes, preciosidad.

La mujer exhaló un largo suspiro. Estaba tan guapa como siempre, tan guapa como el día en que lo había abandonado. Hacía cuatro años que no la veía, pero todavía le dolía pensar en ella. Y aún le dolía más verla. Recordó aquel fin de semana que pasaron en casa de Win, en la isla de Martha's Vineyard. Todavía recordaba cómo la brisa del océano le acariciaba el pelo, cómo ladeaba la cabeza al hablar, lo bien que le sentaba su viejo suéter. Simple y pura felicidad. El nudo en el estómago le apretó un poco más las entrañas.



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