– Hola, Myron -le dijo.

– Hola, Jessica. Tienes buen aspecto.

– ¿Qué haces aquí? -le preguntó.

– Mi despacho está en el piso de arriba. Prácticamente podría decirse que vivo aquí.

Ella esbozó una sonrisa.

– Ah, claro. Ahora te dedicas a representar deportistas, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Y es mejor que trabajar como agente secreto?

Myron no se molestó en contestarle. Ella le miró a los ojos un instante; no le aguantó la mirada.

– Estoy esperando a alguien -añadió Jessica de repente.

– ¿Un hombre?

– Myron…

– Lo siento, ha sido un acto reflejo -dijo. Le miró la mano izquierda y le dio un vuelco el corazón al ver que no llevaba anillo-. ¿Al final no te casaste con aquel como-se-llame? -inquirió.

– Quieres decir con Doug.

– Eso. Doug. ¿No era Dougie?

– ¿Te estás riendo del nombre de alguien?

Myron se encogió de hombros. Tenía razón.

– ¿Y qué fue de él?

Ella se quedó mirando la marca de un vaso en la barra y dijo:

– No fue por él. Ya lo sabes.

Myron abrió la boca para decir algo pero se contuvo al ver que no le convenía revolver los amargos recuerdos del pasado.

– ¿Y qué te trae de nuevo por la Gran Manzana?

– Voy a dar clases un semestre en la Universidad de Nueva York.

A Myron se le puso el corazón a cien.

– ¿Te has vuelto a trasladar a Manhattan?

– El mes pasado.

– Siento mucho que tu padre…

– Recibimos las flores que enviaste -le interrumpió ella.

– Me hubiese gustado poder hacer algo más.



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