– Mejor no -dijo ella apurando el vaso-. Tengo que irme. Me ha gustado volver a verte.

– Pensaba que habías quedado con alguien.

– Pues me he equivocado.

– Todavía te quiero, ¿sabes?

Ella se puso en pie y asintió.

– Volvamos a intentarlo -añadió Myron.

– No -le contestó ella, y se dispuso a marcharse.

– ¿Jess?

– ¿Qué?

Myron pensó en contarle lo de la foto de su hermana en la revista pero, tras meditarlo un momento, le preguntó:

– ¿Podríamos quedar algún día para comer? Sólo comer, ¿de acuerdo?

– No -le contestó Jessica.

Tras la negativa, dio media vuelta y se alejó de él. Otra vez.


Windsor Horne Lockwood III escuchaba la historia de Myron con las yemas de los dedos de una mano apoyadas en las de la otra. Esa postura de las manos le sentaba muy bien a Win, mucho mejor que a Myron. Cuando Myron acabó de contárselo todo, Win no dijo nada durante unos segundos y se limitó a quedarse concentrado manteniendo las manos en aquella postura hasta que, finalmente, las apoyó sobre la mesa.

– Bueno, bueno, bueno, menudo día que hemos tenido, ¿eh?

El propietario de la oficina de alquiler de Myron era su antiguo compañero de habitación de universidad, Windsor Horne Lockwood III. La gente solía decir que Myron no tenía el aspecto que su nombre daba a entender, comentario que Myron se tomaba como un gran cumplido; pero Windsor Horne Lockwood III, por el contrario, tenía justo el aspecto que su nombre daba a entender. Cabello rubio, ni muy largo ni muy corto y con la raya a la derecha. Sus rasgos faciales eran los del patricio clásico, demasiado guapo, como si su rostro fuera de porcelana.

Siempre llevaba la típica ropa de clase alta: camisas rosa, polos, pantalones color caqui, de golf (es decir, horribles) y zapatos blucher de pala vega y picado inglés (blancos de junio a septiembre y marrones de septiembre a mayo).



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