
Win dejó caer la revista sobre la mesa y preguntó:
– ¿ Empezamos?
– ¿Empezamos a qué?
– A investigar. Eso es lo que ibas a proponerme, ¿me equivoco?
– ¿Quieres ayudar?
Win sonrió.
– Pues claro -respondió. Le dio la vuelta al teléfono para encararlo a Myron-. Marca.
– ¿El número que sale en la revista?
– No, hombre, Myron, el de la Casa Blanca -dijo Win con sequedad-. Vamos a ver si conseguimos que Hillary nos diga guarradas.
Myron descolgó el auricular y preguntó:
– ¿Has llamado alguna vez a una línea de éstas?
– ¿Yo? -Win se hizo el ofendido-. ¿A la «Niña Primeriza»? ¿A la «Asociación de Sementales»? Estás de broma.
– Yo tampoco.
– Pues entonces tal vez prefieras estar solo -le dijo Win-. Desabróchate el cinturón, bájate los pantalones… lo típico.
– Muy gracioso.
Myron marcó el número que había impreso bajo la foto de Kathy. Había hecho cientos de llamadas durante sus investigaciones, tanto para el FBI como cuando trabajaba por cuenta propia para presidentes de equipos y comisionados. Pero aquélla era la primera vez que le daba vergüenza.
Un pitido horroroso le destrozó la oreja y acto seguido oyó la voz de un operador: «Lo sentimos pero su llamada ha sido bloqueada».
Myron levantó la vista para dirigirse a Win y dijo:
– No puedo hacer la llamada.
Win asintió con la cabeza y le contestó:
– Me había olvidado de que tenemos bloqueadas todas las llamadas que empiecen por novecientos, porque los empleados llamaban un día sí y otro también y las facturas empezaron a ser exorbitantes. Y no sólo llamaban a líneas eróticas, también a astrólogos, líneas de deportes, psicólogos, recetas y hasta de plegarias. -Estiró el brazo por detrás de Myron y sacó otro aparato de teléfono-. Usa éste. Es mi línea privada y no está bloqueada.
