
– Hola, ¿cómo estás?
La voz era exactamente tal y como Myron se la había imaginado, suave y susurrante.
– Eh… hola -empezó Myron sin saber muy bien qué decir-. Mira, me gustaría…
– ¿Cómo te llamas, encanto? -le preguntó.
– Myron -Acto seguido se dio una palmada en la frente y soltó una barbaridad.
¿De verdad acababa de ser tan tonto como para darle su nombre?
– Mmmmm, Myron -dijo como si estuviera probando una comida-, me gusta ese nombre, es tan sexy…
– Sí, bueno, gracias…
– Yo me llamo Tawny.
«Que te crees tú eso», pensó Myron.
– ¿Cómo has conseguido mi teléfono, Myron? -continuó ella.
– Lo he visto en una revista.
– ¿Qué revista, Myron?
El hecho de que no parara de decir su nombre le estaba empezando a poner nervioso.
– Pezones -le contestó.
– Oooooh. Me gusta esa revista. Me pone tan, ya sabes…
Estaba claro que aquella chica tenía el don de la elocuencia.
– Oye, esto… Tawny, me gustaría preguntarte una cosa sobre tu anuncio.
– ¿Myron?
– Sí.
– Me encanta tu voz. Suena tan bien… ¿Quieres saber cómo soy físicamente?
– No, de hecho…
– Tengo los ojos marrones. El pelo largo y castaño, ligeramente ondulado. Tengo veinticinco años. Y mis medidas son noventa-sesenta-noventa. Copa C de sujetador y a veces D.
– Debes estar muy orgullosa, pero…
– ¿Qué te apetece hacer, Myron?
– ¿Hacer?
– Para divertirnos.
– Mira, Tawny, pareces muy amable, de verdad, ¿pero puedo hablar con la chica de la foto?
– Yo soy la chica de la foto -dijo Tawny.
– No, quiero decir, la chica que aparece en la foto de la revista justo encima de este número de teléfono.
– Soy yo, Myron. Yo soy esa chica.
– La chica de la foto es rubia y de ojos azules -dijo Myron-, y tú me acabas de decir que tienes el pelo castaño y los ojos marrones.
