
Win le hizo un gesto con los pulgares levantados, dándole un punto por la aguda visión de Myron Bolitar, un hacha de la investigación.
– ¿En serio he dicho eso? -le preguntó Tawny-. Pues quería decir rubia con los ojos azules.
– Quiero hablar con la chica del anuncio. Es muy importante.
La chica bajó el tono de voz una octava más y dijo:
– Yo soy mejor. Soy la mejor de todas.
– Seguro que sí, Tawny. Suenas muy profesional, pero ahora mismo necesito hablar con la chica del anuncio.
– No está aquí, Myron.
– ¿Cuándo volverá?
– No estoy segura, Myron. Pero tú ponte cómodo y relájate. Vamos a pasarlo muy bien…
– Oye, no quiero parecer grosero, pero es que no me interesa. ¿Puedo hablar con tu superior?
– ¿Mi superior?
– Sí.
– ¿No lo dirás en serio, no? -preguntó la chica con un tono de voz diferente, más natural.
– Sí, lo digo en serio. Por favor, dile a tu jefe que se ponga.
– Muy bien, como quieras -accedió-, espera un segundo.
Pasó un minuto. Luego dos. Win dijo:
– No va a volver. Sólo quiere ver cuánto tiempo se va a quedar esperando el tontorrón que ha llamado para meterse unos dólares en el bolsillo.
– No creo -repuso Myron-. Me ha dicho que le gustaba mi voz, que sonaba muy bien.
– Ah, perdona. Probablemente sea la primera vez que le ha dicho eso a alguien.
– Precisamente lo que estaba pensando. -Varios minutos más tarde Myron colgó el teléfono-. ¿Cuánto tiempo he estado?
Win consultó su reloj y dijo:
– Veintitrés minutos. -Luego cogió una calculadora y añadió-: Veintitrés por tres con noventa y nueve el minuto… -pulsó las teclas y dijo-: Te ha salido por noventa y un dólares con setenta y siete centavos.
– Menuda ganga -ironizó Myron-. ¿Y sabes qué? No me ha dicho ninguna guarrería.
