
– Pero es que esta propuesta… -empezó a decir Otto, pero entonces se detuvo y se quedó un instante mirando el techo como buscando las palabras apropiadas- no es del todo buena.
– Es más bien una mierda -añadió Larry.
– Pues es mi última palabra -dijo Myron.
Otto hizo un gesto negativo con la cabeza pero sin dejar de sonreír.
– Hablemos del tema, ¿de acuerdo? Mirémoslo desde todas las perspectivas posibles. Tú eres nuevo en esto, Myron. No eres más que un ex deportista que está haciendo todo lo posible para introducirse en el mundillo de los directivos, y yo te respeto por eso. Eres un tipo joven tratando de hacerse un lugar. Mira, hasta te admiro. En serio.
Myron se mordió la lengua. Podría haberle contestado que Otto y él eran de la misma edad, pero le encantaba que lo trataran con condescendencia. ¿Y a quién no?
– Si te equivocas en eso -prosiguió Otto-, podría ser la clase de asunto que hundiera tu carrera. ¿Entiendes lo que quiero decir? Hay mucha gente que cree que esto no va contigo, que no sabes cómo encargarte de un cliente con un perfil tan bueno. Yo no, claro. Yo creo que eres un tipo muy listo. Muy astuto. Pero la forma en que te comportas…
Al decir eso, Otto negó con la cabeza como un profesor desilusionado ante un alumno prometedor.
Larry se levantó y, fulminando a Myron con la mirada, le dijo:
– ¿Por qué no le das un buen consejo a ese pobre chico y le dices que se busque un agente de verdad?
Myron se había esperado todo aquel número del poli bueno y el poli malo. De hecho, se había esperado algo peor, puesto que Larry Hanson aún no había criticado las preferencias sexuales de la madre de nadie. Aun así, Myron prefería el poli malo al poli bueno. Larry Hanson era un ataque frontal, fácil de ver y de manejar, pero Otto Burke era como un prado de hierba alta plagado de serpientes y de minas ocultas.
