
Por Dios, aquella noche no.
– Kathy -repitió.
¿Era posible? Después de tanto tiempo…
Estaban pasando muchas cosas simultáneamente. Había terminado sus estudios. El minicamp de los Titans comenzaba pasado mañana. El escrutinio de la prensa se había intensificado más que nunca. Le gustaba recibir atenciones, salir en la portada de Sports Illustrated, la admiración que veía en el rostro de la gente cuando hablaban con él. Un chico muy amable, decían siempre. Realmente amable. Como si esperaran que fuera maleducado sólo porque podía lanzar un balón con precisión. Como si de algún modo debiera sentirse de una raza superior, muy por encima de ellos, porque daba la casualidad de que era un buen atleta.
Christian estaba emocionado. Tenía miedo. Sabía que tenía que pensar en el futuro. Myron le había contado los peligros y lo poco que podía durar la fama. Myron era, al fin y al cabo, buen ejemplo de ello. Le había explicado lo importante que era ganar dinero ahora porque su carrera iba a durar como máximo diez años. Así que había mucho en juego. Muchísimo. Ahora era famoso, pero había una enorme diferencia entre ser un universitario famoso y adquirir la fama como profesional. Pronto iba a tenerlo todo: competiciones, fama, dinero de verdad (y no sólo las dádivas secretas a los estudiantes)…
¿Pero, qué más daba todo eso?
Kathy…
De pronto sonó el teléfono.
Christian se levantó de un salto con el corazón latiéndole a cien por hora como el de un conejo. Tener buenos reflejos no siempre era algo positivo. Sólo era el sonido del teléfono. Probablemente fuera Charles o Eddie para decirle: «¡Eh, únete a la fiesta!». Los dos habían participado en el draft con él. A Charles lo habían elegido los Dallas en la segunda ronda. A Eddie lo habían elegido los Rams en la quinta.
