
Descolgó el teléfono y dijo:
– ¿Sí, diga?
No hubo respuesta.
– ¿Diga? -repitió.
Nada. Quien había llamado aún no había colgado. Había alguien al otro lado de la línea, sosteniendo el auricular sin decir nada.
– ¿Quién es? -insistió.
Nada.
Christian colgó. Estaba a punto de tenderse de nuevo en la cama cuando, de repente, volvió a sonar el teléfono. Descolgó el auricular y preguntó:
– ¿Diga?
De nuevo silencio. Christian trató de prestar atención, sin éxito. Un momento, ¿era eso una respiración? El pánico se apoderó de él sin saber por qué. Sólo era un bromista que había marcado su número de teléfono, aunque éste no aparecía en el listín. Podría tratarse incluso de Charles o Eddie para gastarle una broma. Nada de lo que preocuparse.
Si no fuera porque ya estaba preocupado.
Se aclaró la garganta y dijo:
– ¿Qué es lo que quiere?
Siguió sin recibir respuesta.
– Si vuelve a llamar, informaré a la policía -sentenció, y acto seguido colgó de golpe.
Le temblaba la mano. Estaba a punto de volverse a echar en la cama cuando recordó una cosa.
Asterisco, seis, nueve.
Esa misma mañana había recibido un folleto de la compañía telefónica por correo. Lo habían anunciado por televisión. En el anuncio se veía a una mujer embarazada caminando con dificultad para tratar de responder al teléfono, pero cuando se disponía a descolgarlo, ya habían colgado. «¿Y ahora qué?», decía la voz en off del anuncio. La mujer descolgaba el teléfono y la voz en off decía: «Acaba de perder la llamada. ¿Sería algo importante? ¿Alguien con quien quisiera hablar? Sólo hay una forma de saberlo. Presione asterisco y luego seis y nueve». Y entonces se veía un primer plano de cómo marcar aquella combinación en las teclas del teléfono por si acaso alguien no sabía muy bien cómo usar un teléfono. Luego la voz en off proseguía: «Le pondremos en contacto con la persona que le haya llamado aunque esté comunicando. Seguiremos marcando el mismo número y le dejaremos la línea telefónica desocupada para que pueda realizar o recibir otras llamadas».
