
La mujer embarazada oía sonar el teléfono y por fin conseguía hablar con su marido, que, tranquilizado, continuaba trabajando en un plano en su puesto de trabajo.
Christian descolgó el auricular y después presionó asterisco, seis y nueve.
Oyó el tono de la llamada.
Se rascó la barbilla y al cabo de un instante se escuchó la voz robótica del operador: «La persona que le ha llamado comunica en estos momentos. Volveremos a llamarle cuando la línea quede libre de nuevo. Gracias».
Christian volvió a colgar el teléfono. Luego se sentó y esperó. La fiesta al otro lado de la pared seguía a toda marcha. Podía oír tres o cuatro zonas distintas de juerga. Alguien gritó «¡Yujuuuu!». Se oyó el ruido de una ventana al romperse. Gente riendo. El resto de miembros del equipo, más corpulentos que él, estaban jugando a lanzar barriles, una especie de lanzamiento de disco pero con barriletes de cerveza.
Sonó el teléfono.
Christian se arrojó sobre él como si fuera un balón perdido sobre el terreno de juego. El teléfono estaba marcando otra vez el número, como en el caso de la mujer embarazada del anuncio. Tras el cuarto tono de llamada, alguien descolgó el teléfono al otro lado de la línea.
Era un contestador.
La voz dijo: «Hola. Ahora mismo no estamos en casa. Por favor, deja un mensaje al oír la señal y te llamaremos. Gracias».
A Christian se le cayó el auricular al suelo. Sintió un toque helado en el cogote. De sus labios escapó un sonido, semejante a la asfixia. Christian trató de articular palabras pero no pudo.
El contestador. La voz.
Era Kathy.
