
A pesar de todo, Myron tenía pensado llamar a alguno de los viejos contactos que tenía en la compañía de teléfonos para ver si podía descubrir algo. Sabía que el asterisco-seis-nueve solamente funcionaba en determinadas localidades, lo que significaba que la llamada no era de larga distancia, lo que ya era un comienzo. Menos daba una piedra. También iba a ponerle al teléfono de Christian un identificador de llamadas. Éstos ya no eran como los que salían por la tele, con los que el héroe tenía que conseguir que el malo siguiera hablando el tiempo suficiente para poder completar el rastreo. Eran automáticos.
Estos trastos te enseñaban el número de la persona que te llamaba antes de coger el teléfono.
Pero, claro, ninguna de estas tretas iba a responder a las siguientes preguntas: ¿Era realmente la voz de Kathy la que había oído Christian? Y, de ser así, ¿qué significaba aquello?
Un montón de preguntas y muy pocas respuestas.
Se acercó a la mesa de Esperanza y le preguntó:
– ¿Cómo va todo?
Su secretaria lo fulminó con la mirada, hizo un gesto de asco con la cabeza y centró de nuevo su atención en lo que tenía en la mesa.
– ¿Te has vuelto a pasar al descafeinado?
Esperanza volvió a lanzarle otra mirada asesina y Myron se encogió de hombros.
– ¿Algún mensaje?
Un gesto negativo con la cabeza. Esperanza murmuró algo. A Myron le pareció captar un insulto en español.
– ¿Me vas a decir de una vez por qué estás tan enfadada?
– Vamos -dijo ella en tono mordaz-, como si no lo supieras.
– Pues no lo sé.
Esperanza volvió a lanzarle aquella mirada. En general, las mujeres tienen un talento natural para las miradas, pero lo de Esperanza era un don divino.
