Pero a Myron no le habían ido así las cosas.

Él había sido uno de aquellos pocos elegidos que había disfrutado de la luz más potente que se pueda imaginar como si el foco de la atención pública lo hubiera iluminado tanto desde fuera como desde dentro. Su talento para el baloncesto había salido a relucir por primera vez durante el sexto curso. Había llegado a superar todos los récords de puntuación y de rebotes del condado de Essex, Nueva Jersey, el eterno bastión del baloncesto. Myron era bajo para ser alero, ya que sólo medía un metro noventa y nueve centímetros según la ficha oficial (uno con noventa y dos en realidad), pero físicamente era una bestia, estaba hecho un toro y era muy buen saltador para ser blanco. Pudo elegir entre las mejores universidades, se quedó con la de Duke y en cuatro años ganó dos títulos de la NCAA.

Los Boston Celtics se lo quedaron en la primera ronda del draft y fue el octavo elegido en general. El foco de atención de Myron cobró una brillantez increíble.

Y entonces fue cuando saltaron los plomos.

«Una lesión insólita», lo llamaron. Un partido de pretemporada contra los Washington Bullets. Dos jugadores que entre los dos pesaban doscientos setenta kilos atraparon al rookie Myron Bolitar entre sus cuerpos. Los médicos le llenaron la cabeza de terminología a aquel pobre chico que nunca antes había sufrido una lesión, ni siquiera un tobillo torcido. Fractura múltiple, le dijeron. La rótula hecha añicos. Yeso. Silla de ruedas. Muletas. Bastón.

Años.

Dieciséis meses después, Myron pudo caminar de nuevo, aunque estuvo cojeando otros dos años. Nunca volvió al baloncesto. Su carrera había terminado. La única vida que había conocido se le acababa de desmoronar. La prensa le hizo uno o dos reportajes, pero no tardó en olvidarse de Myron.

Un apagón total.

Jessica frunció el ceño. «El foco de atención», qué metáfora más mala. Demasiado típica a la vez que imprecisa. Negó con la cabeza y dirigió la mirada a Myron.



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