– Ahora lo entiendo -dijo Myron.

– ¿Qué entiendes?

– El mal genio de Esperanza.

– Ah -dijo sonriéndole-. Le he dicho que teníamos una cita. No parecía muy contenta de verme.

– No me digas.

– Todavía me mataría por un centavo, ¿no?

– O por medio -repuso Myron-. ¿Quieres una taza de café?

– Y tanto.

Myron descolgó el teléfono y dijo:

– ¿Podrías traerme un café solo? Gracias -y acto seguido colgó y volvió a centrarse en Jessica.

– ¿Qué tal está Win? -preguntó ella.

– Bien.

– ¿Su familia aún es la propietaria del edificio?

– Sí.

– Supongo que se ha convertido en un gran genio de las finanzas, muy a pesar suyo.

Myron asintió, esperando.

– Así que todavía estás con Win -prosiguió ella-. Y aún tienes a Esperanza. No han cambiado tanto las cosas.

– Han cambiado muchísimo -repuso él.

Esperanza apareció en aquel momento por la puerta, todavía enfadada, y dijo:

– Otto Burke estaba reunido.

– Pues prueba con Larry Hanson.

Esperanza le pasó el café a Jessica, esbozó una sonrisa extraña y se marchó. Jessica se quedó mirando la taza y preguntó:

– ¿Crees que habrá escupido dentro?

– Probablemente -contestó Myron.

Jessica dejó la taza sobre la mesa y luego dijo:

– Bueno, de todas maneras estoy intentando no beber tanto café.

Myron dio la vuelta a su escritorio y se sentó. La pared que tenía detrás estaba repleta de pósters de espectáculos teatrales, todos ellos musicales. Tamborileó los dedos sobre la mesa.

– Siento mucho lo de ayer -dijo Jessica-. Quería darte una sorpresa, pillarte desprevenido. Y no al revés.

– Sigues intentando llevar siempre ventaja.

– Sí, supongo. La mala costumbre de siempre.

Él se encogió de hombros, pero sin decir nada.

– Necesito que me ayudes -dijo Jessica.



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