
– Últimamente mejor. Cuando éramos niñas, no se tenían mucho cariño. Kathy era el ojito derecho de mamá y siempre estaba con ella, quería ser como ella y todo eso. Pero antes de su desaparición, me atrevería a decir que se llevaba mejor con mi padre que con mi madre. Se quedó destrozado cuando desapareció. Se obsesionó. Bueno, «obsesionado» no sería la palabra exacta. Todos estábamos obsesionados, como es lógico, pero no tanto como mi padre. La desaparición de Kathy lo consumió por completo. Cambió de personalidad. Siempre había sido el típico médico forense del condado, muy tranquilo, una persona serena, pero después de aquello comenzó a utilizar su posición para presionar a la policía las veinticuatro horas del día. Se volvió paranoico y estaba convencido de que la policía no hacía lo posible para encontrarla. Incluso empezó a investigar por su cuenta.
– ¿Y descubrió algo?
– No. No que yo sepa.
Myron miró en otra dirección. Hacia la pared del fondo. Tenía colgada una fotografía de la película de los Hermanos Marx Una noche en la ópera, desde la que Groucho lo observaba sin ofrecerle ninguna respuesta.
– ¿Qué pasa? -preguntó ella.
– Nada, tú sigue.
– Pues no hay mucho más que contar. Lo único que te puedo decir es que mi padre se comportó de un modo muy extraño durante sus últimas semanas de vida. Empezó a llamarme a cada momento cuando antes solíamos hablar tres veces al año, y su voz sonaba un poco triste. Era como si estuviera interpretando el papel del padre perfecto con un vigor renovado. No sabría decir si fue un cambio de verdad o algo temporal.
Myron asintió y volvió a dejar la mirada perdida sin decir nada. Jessica casi llegó a pensar que se había ido a la Luna, cuando, de repente, con una voz tan suave que apenas se podía oír, preguntó:
– ¿Qué crees que le pasó a Kathy?
– No lo sé.
– ¿Crees que está muerta?
– Yo… -Jessica se detuvo un instante-, la echo de menos. Es… No quiero pensar que está muerta.
