
Myron volvió a asentir y dijo:
– Bueno, y entonces, ¿qué quieres que haga?
– Investigar. Descubrir lo que está pasando.
– Suponiendo que esté pasando algo.
– Correcto.
– ¿Y por qué yo?
Jessica se quedó pensativa un instante y finalmente contestó:
– No estoy segura -respondió-. Pensé que me creerías. Que querrías ayudarme.
– Te ayudaré -dijo él-, pero quiero que entiendas una cosa: tengo un interés comercial en resolver este asunto.
– ¿Christian?
– Soy su representante -continuó-. Soy el responsable de que todo le vaya bien.
– Todavía echa de menos a mi hermana -dijo ella.
– Sí.
– ¿Está bien?
– Sí, está bien -contestó Myron sin cambiar de expresión.
– Es un buen chico. Me cae bien -dijo Jessica.
Myron se limitó a asentir con la cabeza.
Jessica se levantó y se dirigió hacia la ventana. Myron apartó la vista de ella. No le gustaba mirarla demasiado rato y ella comprendía por qué, aunque también le dolía. Jessica contempló Park Avenue, doce plantas abajo. Un taxista con turbante agitaba el puño hacia una anciana que andaba con bastón. La viejecita le golpeó con el bastón y salió corriendo. El taxista cayó al suelo pero el turbante ni se le movió.
– Ocultar tus sentimientos nunca ha sido tu punto fuerte -dijo ella mientras seguía mirando por la ventana-. ¿Qué es lo que no te atreves a decirme?
Myron no contestó.
– Myron… -rogó ella.
En ese momento, Esperanza lo salvó al aparecer por la puerta sin llamar y afirmar:
– Larry Hanson no está en la oficina.
Win apareció detrás de ella y dijo:
– He descubierto algo en la revista… -empezó a anunciar, pero se detuvo de inmediato al ver a Jessica.
– Hola, Win -saludó ella.
– Hola, Jessica Culver -y tras decir eso los dos se dieron un abrazo-. Madre mía, estás fantástica. El otro día leí un artículo sobre ti en el que te llamaban la sex symbol literaria.
