La satisfacción de Chen se debía, en parte, a que había obtenido el piso gracias a la intervención especial de su unidad laboral.

Mientras preparaba el ágape y cortaba unos tomates para la guarnición, Chen recordó la canción que entonaban bajo el retrato del Presidente Mao en la escuela primaria, una canción que había sido muy popular en los años sesenta: La bondad del Partido me alegra el corazón. En su piso, en cambio, no había ningún retrato del Presidente Mao.

No era un piso lujoso. No tenía una cocina de verdad, sólo un pasillo estrecho con un par de fogones en un rincón y un pequeño armario fijado a la pared. Tampoco contaba con un auténtico cuarto de baño: un cubículo que daba justo para un retrete y una placa de cemento con una ducha de acero inoxidable. Por supuesto, nada de agua caliente. Ahora bien, había un balcón que podía servir de trastero para guardar baúles de mimbre, paraguas viejos y escupideras de cobre oxidadas, o cualquier cosa que no se pudiera dejar en la sala. Pero él no tenía ese tipo de objetos, de modo que en el balcón había puesto una silla plegable de plástico y un par de estanterías.

Le parecía que el piso se adecuaba a sus necesidades.

En el trabajo algunos se habían quejado de sus privilegios. Para quienes habían cumplido más años de servicio o tenían familias numerosas y seguían en la lista de espera, la reciente asignación de aquel piso al inspector jefe Chen era otra muestra de la injusta política de renovación de cuadros, y él lo sabía. Pero decidió no pensar en lo ingratas que eran esas protestas. Debía concentrarse en el menú de esa noche.

No tenía demasiada experiencia en preparar fiestas. Con un libro de cocina en la mano, se limitó a las recetas del capítulo Preparación fácil, pero hasta ésas exigían un tiempo considerable. No obstante, plato tras plato fueron apareciendo vistosamente en la mesa, lo que provocó que la sala se llenase de una agradable mezcla de aromas.



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